En España se tiran más de 1.100 millones de kilos de alimentos al año.
La pregunta no es por qué ocurre. La pregunta es: ¿qué nos dice esto sobre cómo están funcionando las empresas?
Cuando trabajas con pymes, la respuesta suele ser bastante clara. El desperdicio rara vez es casual. Casi siempre tiene detrás lo mismo: previsiones que fallan, procesos poco afinados, decisiones tomadas sin datos o inercias que nadie cuestiona.
Desde abril de 2026, esto deja de ser solo una cuestión ética. Con la entrada en vigor de la Ley 1/2025 de prevención del desperdicio alimentario, las empresas tienen la obligación de medir, justificar y reducir sus pérdidas. Ya no vale con gestionar el residuo. Ahora hay que explicar por qué se ha generado.
🔗 Texto oficial de la ley:
https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2025-6597
Pero lo importante no es la ley en sí. Es lo que pone encima de la mesa.
En Europa se desperdician cerca de 59 millones de toneladas al año, con un coste estimado de 132.000 millones de euros. Es decir, estamos hablando de un problema ambiental, sí, pero sobre todo de un problema de gestión.
Cuando aterrizas esto en una pyme, el desperdicio suele tener formas muy concretas: producciones que no se ajustan a la demanda real, mermas en proceso que nadie mide, errores de calidad que se repiten o problemas de almacenamiento que acaban en producto perdido. Durante años, muchas empresas han asumido esto como parte del negocio. Como un “coste inevitable”.
Y ahí está el cambio importante: ya no es inevitable. Es gestionable. Y ahora, además, es responsabilidad directa de la empresa.
La ley introduce la obligación de trabajar con un plan de prevención, de priorizar el uso de los productos antes de convertirlos en residuo y de justificar cualquier destrucción de producto apto. Pero más allá del cumplimiento, lo que realmente plantea es un cambio de mentalidad: el desperdicio deja de ser un problema al final del proceso y pasa a ser un indicador de que algo no está funcionando bien dentro.
Las empresas que entiendan esto a tiempo tienen una ventaja clara. Porque reducir desperdicio no solo evita sanciones. También mejora márgenes, hace más eficientes los procesos y posiciona mejor frente a clientes que cada vez miran más cómo se trabaja, no solo qué se entrega.
En GEORKA lo vemos a menudo: empresas que saben que tienen pérdidas, pero no saben cuánto ni dónde se generan. Y ahí es donde empieza el trabajo real. Identificar los puntos críticos, poner números encima de la mesa y actuar sobre las causas, no sobre las consecuencias.
No es un tema de sostenibilidad “de memoria anual”. Es un tema de gestión diaria.
Porque al final, el desperdicio no es lo que tiras, es todo lo que estás dejando de aprovechar.

